Sobre el problema de la verdad en la novela histórica (Ponencia presentada en el Panel sobre Ficción histórica e intertextualidad durante el XV Simposio Internacional de Literatura, realizado en Bariloche entre el 10 y el 17 de agosto de 1997, organizado por el Instituto Literario y Cultural Hispánico) Es llamativa la discusión, casi dilemática, que se está planteando en muchos círculos literarios y académicos sobre el problema de la verdad en la novela histórica. Para comenzar esta breve exposición quisiera anticipar que, el problema de la verdad no puede ser dirimido ni desde una perspectiva histórica ni desde una literaria, por aquello de que es poco confiable una argumentación en la que uno sea, a la vez, juez y parte. Se me podrá objetar a ésto, el hecho de ser una escritora que se supone, va a decir algo acerca del tema. Es cierto. Pero el dominio desde el cual lo abordaré es otro. Desde una perspectiva lógico - filosófica : si lo que pienso es concebible, entonces, por lo menos en mi imaginación esa realidad existe y en el universo de lo posible (potencialmente) es probable que se plasme (se haga acto o se actualice), cuestión esta, no sólo expresada en el discurso lógico científico, sino también, por ejemplo, en el genio creador de un Julio Verne o un Da Vinci. En este sentido, el término ficción no es opuesto al de realidad, aunque así lo indique el diccionario, dado que este define realidad a la vieja usanza medioeval. Real era la cosa palpable y observable y en tanto el concepto que uno tenía de la cosa se adecuara a ella era verdadero. La verdad era adequatio del concepto a la cosa. Esta forma de definir la realidad y la verdad, entonces, excluye el dominio de la ficción y de la inventiva, por lo que habría que reverlo a la luz de las prácticas contemporáneas. Provisoriamente, diremos que, ficción es cualquier realidad potencial, en ciernes, que todavía no es actual y constatable. Es la construcción de un hecho posible -de esto se trata cuando hablamos de verosimilitud- y no de un hecho consumado y datable cronológicamente o de un hecho falso o mentiroso. Por otra parte, la constatación de un hecho siempre es a posteriori de su actualización y a eso se le da el nombre de corroboración. Por lo menos podemos señalar aquí una diferencia radical: la narrativa histórica, cuando se plasma en una novela, toma hechos datables para arrojarlos hacia el devenir y hace con ellos una interpretación de futuro o una conjetura de lo que podría haber sido, pero que se encuentra allí como su intención, como potencia; en cambio, cuando está plasmada historiográficamente, el sentido es inverso, la interpretación del hecho esta lanzado hacia el pasado, desde un presente cargado de significación, del que no se puede prescindir por muy neutral que se quiera ser ante el dato histórico y la conjetura siempre versa sobre lo que probablemente, de acuerdo a las consecuencias o al giro que tomaron los hechos, fue. Ya casi ningún científico discute que ser objetivamente neutral en el ámbito de la ciencia -ni en ningún otro- es imposible. Uno lee el fenómeno desde algún paradigma teórico, desde una determinada tabla de valores y una cantidad de hipótesis a comprobar que responden a aquellos, con lo cual el hecho, sea de la naturaleza que fuere, no nos impresiona mentalmente como si fuéramos una suerte de tabula rasa. Entonces, si se me permite, afirmaré que ficción es un tipo discursivo que narra, relata o describe una realidad posible o, como lo expresa la informática: una realidad virtual, un universo alterno. ¿Cómo ubicaremos aquí el problema de la verdad, entonces? Lo opuesto a verdad es falsedad, no ficción . En principio, decimos que un enunciado es verdadero cuando no es contradictorio con respecto al resto de los enunciados de un sistema. Decimos que es falso cuando alguno de los enunciados niega lo que el resto del sistema afirma. Es decir que basta con que uno de los enunciados sea contradictorio, para considerar falso a todo el sistema. En este sentido verdad y falsedad, no son conceptos simétricos. En un sentido vulgar, se suele considerar falso a lo que no es susceptible de ser corroborado, sin embargo, científicamente, el concepto es otro: una argumentación es verdadera hasta que algún ejemplo contrafáctico demuestre lo contrario. Es más, un sistema compuesto sólo por enunciados falsos es, lógica y científicamente, verdadero, en tanto que posee coherencia interna. A este tipo de deducciones se les da el nombre de absurdos lógicos, pero no por ello deben ser tomadas a la ligera. No son sólo juegos de la mente. Pensemos que, gracias a ellas hemos llegado a la Luna y a la exploración de las estrellas, tan sólo porque a los científicos se les dio por negar todo el sistema de Euclides, en un intento por comprender de qué se trataba el V Postulado, el que había sido un problema geométrico, teórico y teológico por casi veintitrés siglos. La verdad, entonces, surge del estado de coherencia interna del un sistema, teoría, discurso o relato. Por lo que en la novela pueden coexistir el dato histórico, la ficción y la verdad, a condición de que todos estos elementos combinados tengan la calidad de ser verosímiles, es decir, concebibles, o sea, no contradictorios entre sí. En general, en una novela uno pretende, cuando toma hechos históricos, algo más que la descripción de acontecimientos cronológicamente datables. Cuando esto hacemos los narradores de dicho género, no somos hijos de Heródoto, sino de la Musa Clío. ¿Y qué era la historia antes de Heródoto , en el primordial universo de las Musas? Era mithologeio , arte de contar o referir, de donde proviene el vocablo mito. Puede llegar a ser revelador pensar la novela histórica desde este lugar primigenio, puesto que en el mito, como modo arcaico de relatar la historia, están presentes todos los elementos arriba mencionados: acontecimiento, ficción y verdad. Baste recordar el tributo que los griegos pagaron por años a los cretenses, para darse cuenta a qué apuntaba el relato del Minotauro, monstruo que habitaba el laberinto de la Isla de Creta, quien devoraba una doncella viva (alegoría del pago injusto) cada primavera (porque el tributo era abonado con cosechas) El antiguo mithos fue realzado en la gloria de las tragedias sofócleas, pero también es considerado hoy como entonces, verdad de las ciencias, quienes encuentran en él, los arquetipos con los que trabaja la psique. Jung, Freud y Lacan, construyeron gran parte de sus respectivos andamiajes teóricos partiendo de ellos. Desde un punto de vista filológico y etimológico, Heidegger los revitaliza para encontrar en ellos el original sentido de las palabras. Antropólogos culturales e investigadores de las religiones, los han estudiado y utilizado para comprobar la tan mentada tesis del inconsciente colectivo. Por lo que, no es poco el aporte que la ficción ha hecho a la realidad, develando la verdad entre los pliegues de la fantasía. Retomando, el hecho histórico en la novela, puede tomar la forma de contexto o telón de fondo; puede ser un testimonio de lo leído, vivido o recordado por el autor, el lugar desde donde este sustenta determinada ideología o hace una crítica social, transmitiendo su propia escala de valores; puede ser metáfora o funcionar por analogía, como en los casos en que se utiliza la técnica del quiebre temporal, o ser una alegoría de otra cosa que se quiere mostrar de un modo velado. Pero lo que creo que no debe ser es un accesorio. Si lo es, eso no se le puede achacar al género en cuestión, sino a la falta de entrenamiento en el oficio del que escribe, dado que podría haber prescindido del adorno a favor de la claridad y la sencillez. Creo que, lo único exigible a un narrador de novelas históricas es que esté comprometido con los hechos que su imaginación recrea y esto implica, entre otras cosas, hacer un prolijo trabajo de investigación, aunque lo que termine diciendo sea “algo más u otra cosa” de lo que hubiera dicho la historia. El canto de la Sirena. Expresaba una expositora, durante una reunión literaria, con cierta juvenil vehemencia: “Ya no es posible discriminar demasiado entre los libros de divulgación histórica y la ficción. (...) Se podría afirmar que la historia, en tanto disciplina autónoma, constituye el objeto de estudio en función de los intereses individuales social-colectivos y tiene carácter aplicado para la formación humana, dado que, como la conducta del hombre en sociedad no puede hacerse en laboratorio, la única forma de avizorarla es saber cómo se ha comportado antes. Esto es en el plano de lo deseable. Sin embargo en el plano de lo real, todos sabemos que durante mucho tiempo se ha asistido a la utilización de la historia como arma política, con todo el daño y tergiversación de la imagen del pasado que esto trajo aparejado. La capitalización de esta experiencia aconsejaría evitar cualquier otro intento de instrumentalización. En función de este planteo cabe preguntarse ¿no corre el riesgo la historia de quedar igualmente subsumida, condicionada o distorsionada, al forzar su adaptación a las exigencias estéticas de la narración literaria? ¿Hasta qué punto no se sacrifica la veracidad del relato objetivo para lograr entretener al lector? ¿No se acorta peligrosamente la distancia y se desdibuja la diferencia entre el discurso del novelista y la realidad que pretende recrear, en vez de hacer todo lo posible para que esa realidad se imponga con fuerza y autonomía propia? ¿No se tiende a presentar la historia bajo el aspecto que presten los personales deseos del autor y de ponerla al servicio de la seducción y el encanto de una narrativa libre, inventiva? Creo que la realidad histórica se debilita en la medida en que se la toma como un pretexto para la expresión personal, el juego creativo, la propaganda política o cualquier otro propósito que (...) no sea la intención de conocimiento. En estas condiciones cabe preguntarse si la ficción histórica aproxima o aleja al lector al conocimiento (...) Las respuestas serán divergentes según de qué tipo de lector se trate y del interés que lo movilice. A quienes busquen conocer más a fondo lo que realmente nos ocurrió en el pretérito (les...) puede resultar irritante la dosis de ficción con la que se recubre la realidad. Quizás la sienta como una interferencia. (...) Las palabras que lee no le hablan de lo que verdaderamente le interesaría conocer mejor y las siente más bien como una barrera, tras la cual no se percibe más que un fantasma brumoso de aquella realidad. (...)” Dicho así, pareciera que los que incursionamos en la novela histórica fuéramos una suerte de sirenas cantando en los oídos de ulisíacos historiadores y pareciera también que por algún motivo, indiscutiblemente mágico, a estos últimos no les basta con taparse las orejas. La disertante de referencia, además tampoco desea que el lector escuche otra cosa que no sea la verdad histórica y toma su defensa como si, éste, no pudiera discriminar entre lo que quiere o no leer. Como si fuera un incauto que va a ser engañado por las habilidades de la pluma que, a propósito, pretende contarle un cuento que no fue. ¿Cómo es posible referirse a la verdad -a no ser que nos estemos refiriendo a una revelación divina -sin haber definido un término, que, a la sazón, históricamente, tiene semejante peso semántico, pragmático y axiológico? Si por respeto a la verdad, los narradores debieran abstenerse -incluidos los historiadores - casi nada podrían escribir más que el relato presente de lo que los circunda. No se podría acceder a otros paisajes más allá que los del barrio, muñidos de una guía de la ciudad y una brújula, para no desviarnos de la trayectoria exacta que nos marcan los geógrafos. Ninguna novela podría transcurrir en un quirófano, so pena de que nos creyeran practicantes ilegales de la medicina. Y en este punto me pregunto ¿Es exigible al novelista que sea un especialista en todas y cada una de las disciplinas científicas? ¿No es esta una pretensión lo bastante exagerada como para atentar contra la obra de arte y también contra la tan pretendida verdad? No polemizaremos aquí, entre otras cosas, por falta de espacio y porque deseamos a través del silencio dejar rebotando la pregunta, porque estoy convencida, por oficio, que es allí donde se produce algún efecto de verdad. ¡Ay, señora mía! Arrodillada estoy, más que ante la dudosa verdad que nos presenta la historia, ante el templo de la libertad de las palabras. Comentario expresado en el fascículo literario Prueba de Galera, a partir de lo expuesto en un panel sobre “Novela histórica” en la 23ª Feria del libro del Autor al Lector en mayo de 1997. |