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TEMAS II: Sobre Ernesto Sábato
Artículos aparecidos en Revistas literarias, bajo el título "Los idus de junio".
 

Los “idus” de Junio [1]

 

“...en todo caso, había un solo

Túnel, oscuro y solitario: el mio.”

El túnel, Ernesto Sábato

 

“Idus” es un término latino atribuido específicamente a los día 15 de los meses de marzo, mayo, julio y octubre y a los días 13 de los meses restantes, que ha llegado hasta nosotros con una pregnancia infausta a partir del  presagio impuesto a Julio Cesar, cuando los adivinos lo alertaran:  “Temed a los idus de marzo”.  El Gran Emperador no  imaginó, por aquel entonces,  que sería en la mañana de un supuesto martes, durante los idus del mes de marzo, que moriría a manos de sus detractores.

El Imperio Romano, así como otras culturas del mundo Antiguo y Medioeval, han legado muchas cosas a la humanidad, pero nos asombraría saber cuántas de ellas, convertidas hoy en supersticiones, fueron en otro tiempo, la consumación de un hecho atroz, guardado en la memoria colectiva.  Prevenidos, con ellas  hemos quedo marcados para siempre, aunque por un saludable olvido del hecho que las originó, hoy pensemos que son cuestiones de poca monta, sólo destinadas a la creencia de los incultos, ingenuos, locos o de las mentalidades primitivas harto sugestionables.  Lo cierto es que de obsesiones más o menos arbitrarias o inexplicables, padecemos todos, el tema es qué hacemos con ellas.  Para algunos todo se reduce a un simple ritual que conjura la malignidad de objetos o personas, a través de otros objetos o actos personales.  Para otros es un tema grave, que los lleva a realizar la alquimia maravillosa de escribir, pintar o de componer música.   Ejemplos de ello lo tenemos a lo largo de toda la pintura de El Bosco, Orff con su partitura Carmina Burana, Dostoyevsky, Poe, Maupassant en la escritura.

Y es que el hombre, cualquiera sea la época, siempre estará interesado en la eterna lucha entre el Bien y el Mal, aunque parezca que este último sigue triunfando por sobre la virtud y que, como señalara otro escritor genial con su forma irónica y cruel, sea “infinitamente preferible formar parte de los malvados que prosperan que de los virtuosos que fracasan”. El dueño de esta sentencia fue ni más ni menos que Donatien Aldonze FranVois  Marqués de Sade, de cuyo nacimiento se cumplió el pasado 2 de junio el 258 aniversario.  Sin embargo, no es de su vasta y polémica obra de lo que queremos hablar aquí -amén de que para él, el número 13 y todos los días marcados por  los idus, fueron particularmente nefastos a lo largo de su vida-  sino de otro autor que hizo de su propio nacimiento un idus.

Cuenta Ernesto Sabato en Abaddón, El Exterminador,  que su fecha  de nacimiento nunca estuvo suficientemente clara para él, que su madre nunca pudo decirle a ciencia cierta si había sido un 23 o un 24 de junio de 1911 y que para colmo fue anotado en el Registro Civil el 3 de julio siguiente.  ¿Cómo es posible que su madre no supiera decirle cuál era el día de su nacimiento?  Sábato se hace esta pregunta y lo que encuentra tras un corto pero contundente razonamiento es que no se lo quería decir porque era un día maldito, un día elegido por las brujas y seres de la oscuridad para reunirse y hacer sus maleficios.  Llama también la atención acerca del hecho de que su apellido (Sábato - Sabater) está directamente relacionado con  Saturno,  Dios considerado el Maléfico Mayor, tanto por astrólogos como por la tradición judaica y en que su nombre era el mismo que le habían puesto a un hermano mayor que murió cuando sólo tenía dos años.  Esta  referencia al hermano muerto - que según decían las comadronas del pueblo, era un niño que no debía estar aquí - me hizo recordar a una historia similar relatada por los biógrafos de Vincent Van Gogh.   Pero quien haya leído la obra de nuestro entrañable  y desesperanzado Ernesto,  sabrá que este acontecimiento no es relatado como una curiosidad biográfica, por  algún comentador,  al principio de la novela de referencia, sino que es él quien la narra  como un personaje llamado Sábato, dentro de la trama misma de la novela. 

En Sobre Héroes y Tumbas, ed. Sudamericana, 1973, en la página 247 de su célebre Informe sobre Ciegos, se presenta de esta manera: “Me llamo Fernando Vidal Olmos”, nací el 24 de junio de 1911 en Capitán Olmos...”  Fernando Vidal Olmos es en esta trama el que redacta el Informe en primera persona, texto que desde el principio, sabemos,  terminará con las vidas de sus protagonistas, consumidos entre las llamas de un incendio.

Lo cierto es que nació, efectivamente, un 24 de junio de 1911  en Rojas, Provincia de Buenos Aires, en horas de la tarde, bajo el signo de Cáncer.  Hizo su Doctorado en Física y cursos de filosofía en la Universidad de la Plata.  Trabajó en radiaciones en los Laboratorio Curier de París - también mencionados en el Informe - y abandonó definitivamente la ciencia para dedicarse de lleno a la escritura en 1945.  Este último hecho, al que se le ha dado gran relevancia por haber ganado a Sábato para el mundo de las letras, quizás haya empañado otro, que, mucho más importante, por traumático en su vida.  En el 45 terminaba la 2da. Guerra Mundial, luego de haber estallado los primeros proyectiles atómicos sobre Hiroyima y Nagazaki.  ¿Cómo pudo haber recibido la mente y la sensibilidad del joven Ernesto todo aquello, siendo él físico y trabajando en París en los años del nazismo?  No es necesario pensarlo mucho.  Sin duda, a los once millones de muertos que dejó como saldo aquella guerra en campos de concentración, habría que agregar otras muertes que no por ser menos palpables son menos letales.

Una parte de él muere - y yo me atrevería a decir, es asesinada en esos aciagos años - para dar nacimiento a otra, primero como ensayista sobre temas relacionados con el hombre y la crisis de nuestro tiempo y luego con sus tres novelas: El Túnel en 1948;  Sobre Héroes y Tumbas en 1961, y, por último, Abaddón, El Exterminador en 1974, premiada en París como la mejor novela extranjera publicada en Francia en 1976.   

La transformación que obró en él la caída de la bomba atómica sólo es comparable -aunque en su caso, desde un punto de vista interno- con la de Japón después de la guerra: destrucción total y resurgimiento a partir de las propias cenizas con repercusión y reconocimiento mundial.

Ernesto Sábato fue traducido a 32 idiomas,  y digo que el autor fue traducido y no sus novelas, porque sus novelas son desgarradoramente Sábato.  Escritas en primera persona, desde el personaje de Juan Pablo Castel, el pintor que en el  Túnel  mata a María Iribarne  hasta la que aún no ha publicado y que anticipó  titular en un reportaje realizado en 1993,  Antes del fin.

Sobre este aspecto de su narrativa dijo Rolin en 1996,  durante el acto de presentación de sus obras completas, edición de lujo de Du Seuil, una de las editoriales más importantes de Francia: “La calidez que encuentro en la obra de Sábato al releerla fue la que me dio fuerza y coraje para persistir en mi trabajo de escritor.  [Un autor tiene] derecho a escribir una novela monstruosa - ya que la obra novelesca no implica simplemente la narración de una historia entretenida - y la conexión de la historia presente con la historia íntima en una fusión que se realiza en la creación literaria.”

Luego Didier-Wagneur, agregó que, la novela de Sábato forma parte de una “literatura iniciática[...] en el sentido del aprendizaje de la novela y de la vida que se resuelve en una obra artísticamente concreta, en la que aparece el hombre como ese ser que escapa a todos los discursos por la libertad del espíritu.

Según las propias palabras de Ernesto en la dedicatoria de Sobre Héroes y Tumbas: “Existe un cierto tipo de ficciones  mediante las cuales el autor intenta liberarse de una obsesión que no resulta clara ni para él mismo.  Para bien y para mal son las únicas que puedo escribir.  Más,  todavía, son las incomprensibles historias que me vi forzado a escribir desde que era un adolescente [2].  Por ventura fui parco en su publicación, y recién en 1948 me decidí a publicar una de ellas: El Túnel.  En los trece años que transcurrieron luego, seguí explorando ese oscuro laberinto que conduce al secreto central de nuestra vida. Una y otra vez traté de expresar el resultado de mis búsquedas, hasta que desalentado por los pobres resultados terminaba por destruir los manuscritos.  Ahora, algunos amigos que los leyeron [especialmente su mujer, a quien dedica la obra] me han inducido a su publicación. A todos ellos quiero expresarles aquí mi reconocimiento por esa fe y esa confianza que, por desdicha, yo nunca he tenido.”

En  Abaddón, el personaje Sábato insiste en las primeras páginas de la novela en que casi fue obligado a publicar por M. lo que nos está dando a leer, y que si hubiera sido por él, lo hubiera quemado. 

En un reportaje televisivo realizado en 1993, el escritor declara que “quema de madrugada, en el jardín de adelante de su casa, manuscritos y que por ello, las vecinas, susurrando lo llaman el incendiario.”  “Soy muy depresivo - agrega - Si no hubiera sido por Matilde - su compañera - lo hubiera quemado todo.

¿Por qué la tristeza no parece querer abandonar a un hombre reconocido mundialmente?  “No soy triste, - aclara en ese mismo reportaje - soy trágico.”  “Yo me salvé por el arte, porque dejé la ciencia, si no la dejaba iba al muere (...)”  “El gran arte tiene una belleza trágica, terrible, caótica.  El gran peligro es caer en el esteticismo.  La palabra estética es peligrosa.”

Durante su estancia en París comparte gran parte de su tiempo con artistas relacionados al subrealismo.  Este paradigma estético - aunque él rehuya la palabra - es muy pregnante en su obra, tanto como su admiración por Franz Kafka, también nacido en el mes de junio del año...  La obra de ambos autores transitan un estilo común, en ambas hay un hombre sometido a Proceso y de ese proceso es imposible escapar, porque siempre vuelve a reiniciarse y siempre el veredicto en  juicio de los tribunales,  externos o internos, imaginados o concretos, es igualmente injusto.

Más pregnante aún que lo antes mencionado, quizás por anterior en el tiempo o por originario, es la impronta sadiana que he descubierto en el repaso de sus novelas.  Sobre todo en el Informe sobre Ciegos es clara la huella que ha dejado en él tanto La Filosofía en el tocador  como  Justine  del Marqués de Sade.  Cito: “Es curioso que en este país el único lugar donde se habla de Damas y Caballeros sea el lugar donde invariablemente dejan de serlo[...]  Mientras me acomodaba en el infecto cuartucho, confirmando mi vieja teoría  de que el cuarto de baño es el único sitio filosófico que va quedando en estado puro, empecé a descifrar las enmarañadas inscripciones[...]  Como en las páginas policiales, ahí parecía revelarse la verdad última de la raza.”// “El amor y los excrementos”, pensé. // “Y mientras me abrochaba, también pensé: “Damas y Caballeros.” (op. cit. 290 y 291)

¾  Hasta ahora, señorita, el mal siempre ha prevalecido sobre el bien.

¾  Otro aforismo. ¿De dónde saca semejante barbaridad?

¾ Yo no saco nada, señorita: es la tranquila comprobación histórica[...]  Además, si prevalece el bien ¿por qué hay que predicarlo? [...] El poder del mal es tan grande y retorcido que se utiliza hasta para recomendar el bien: si no hacemos tal o tal cosa nos amenaza el infierno.” (op. cit. pág. 272)

Y luego: “Logrado que hube la horizontalidad ( o sea acostarse con una de las mujeres del diálogo anterior) me llevó tiempo educarla, acostumbrarla a una nueva concepción del mundo:  del maestro Juan B. Justo al Marqués de Sade.” (pág. 276) 

Una de las reminiscencias sadianas más notables en Sábato es la repetición deliberada, en cada una de sus obras, de la misma obsesión.  Como en Sade, en cada novela regresa la misma escena temida para ser conjurada, aunque siempre más cruel y más temida.  En la obra de Ernesto este hecho tiene la estructura de las mamushcas rusas.  Un libro supone al otro.  Encajan perfectamente uno dentro del otro, para desembocar todos en el mismo Túnel oscuro y solitario.  Así, Sobre Héroes y Tumbas  comienza con un fragmento de una noticia de la crónica policial publicada el 28 de junio de 1955 por la “Razón” de Buenos Aires, que a la sazón anticipa el Capítulo III. Informe sobre Ciegos.[3]  Luego dentro del Informe, se encuentra escuetamente descrito el Caso Castel, tema que es el relato del Túnel  (págs. 324 y 325)  Para terminar agregaremos que en Abaddón se recomienda leer Sobre Héroes y Tumbas, antes de internarse en el registro discursivo de ese tiempo apocalíptico, sima anímica donde se busca el poder visionario del acto creador y la hondura de la indagación existencial. 

Todo lo expresado por Ernesto Sábato en las terroríficas profundidades del abismo interior y su corporización como personaje fantasmal de sus novelas remite a una sola y descarnada verdad: “Hay progreso en la ciencia, pero el hombre no puede progresar porque su corazón siempre es el mismo.” (Mesa Redonda - París - 1996).

... Debo confesarlo, aunque quizás ustedes ya se hayan dado cuenta: ningún artículo que escrito para esta columna me ha causado tanto placer.  Me he reencontrado con un viejo maestro, aunque él se reiría de esto y preguntaría: “¿Maestro de qué? 

Si pudiera llegar a sus oídos, yo le contestaría: de aquello de ser honesto.   De que  “es mejor ser odiado por lo que eres, que ser amado por lo que no eres en absoluto.”



[1]  Fascículo literario Prueba de Galera,   Sección Nuestra Opinión, Junio de 1998.

[2] No puedo dejar de pensar, siguiendo la línea argumental que estamos tomando que Ernesto Sábato sólo era un niño cuando estalló la 1era. Guerra Mundial.

[3] El Informe prácticamente comienza haciendo referencia  a un día 14 de junio de 1947, en el que vigilaba el comportamiento de un ciego.  Recuérdese  que el término idus también se hace extensivo al día anterior o posterior al 13 o al 15 según los meses arriba mencionados.

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