Esta selección de cuentos incluye algunos de los publicados por la autora en octubre de 2006 en el libro "La casa de los espejos"
Blue´s spring
Sentado frente ala ventana de un viejo departamento, observaba la acera mientras escuchaba la inconfundible guitarra deBB. King.
La tarde cubría con su manto ocre los edificios cercanos.
Dos palomas se buscaban, quizás porque se había iniciado marzo. Una, parda, picoteaba la cabecita blanca de otra.
Se acercó un poco más a la ventana. Una Dublín brumosa, ciudad a la que se había mudado recientemente, parecía aún sumergida en el invierno. De prontose le ocurrió que la culpa de todo la tenía aquel mes que había decidido quedarse con su humedad y su lluvia. Esa inexplicable oscilación entre un frío que nos cala y un calorcito incipiente que nos obliga a una ropa más ligera.
La bruma... Ella es la que empañaba la percepción de las cosas, haciéndolo sentir el ser más desdichado y, sin embargo, en concordancia con ese mes ambiguo, el más afortunado del mundo. Ser un marzo que no puede resignarse a que nunca será enero, más tampoco primavera. Sólo un paso intermedio entre dos estaciones: un invierno que agoniza y otra que nace, lentamente, entre sus sombras.
Dos palomas se cortejan al borde de la cornisa de enfrente. Consuman ese ritual arcaico que los humanos, a veces, también realizan.
De pronto, el vuelo de una de las aves lo sorprende. Se hunde, a la distancia, en aquella estela negra de alas que se baten contra el cielo plomizo.Luego se detiene en la blanca, la que un poco por instinto y otro poco por piedad ante tanta insensatez, quiso volar en busca de la negra.
La noche ya era cierta, cuando tomó la guitarra entre sus manos y acarició el diapasón haciendo sonar ligeramente sus cuerdas.Un acorde cansino y lastimero, rebotó sobre las paredes, en la penumbra del cuarto.
Se calzó una chaqueta reída y decidió salir a tomar un par de cervezas en el Temple bar. No se quedaría ahí, a merced de la nostalgia, como tantas otras noches. ¡Ésa saldría!
Transitó las calles empedradas, sin prestar demasiada atención a los coloridos edificios que, como el suyo,daban esa atmósfera especial a Dublín.Y es que en su mente y en su alma, aún estaba Lucille, una mujer lánguida de ojos claros que había conocido en otra primavera.Casi sonrió al recordar que BB. Kink le había puesto Lucille a su guitarra, después de se incendiara el bar en el que tocaba.Dos hombres se peleaban por una mujer llamada Lucille, cuando King con su cigarrillo había provocado un incendio.Él músico había corrido fuera del lugar para salvarse, pero volvió porque se acordó que había dejado su guitarra adentro.Por eso, a partir de allí, bautizó con el nombre de aquella mujer a todas sus guitarras y prometió no cargar más sus cigarros de marihuana con una parte de kerosén.
¡Qué coincidencia extraña!Lucille, su Lucille, también había promovido en él aquella mezcla de horror y culpa.
Mientras caminaba hacia el Temple, se le ocurrió que la única forma de aplacar un corazón en llamas era con lágrimas y alcohol.No se daba cuenta que con esto, lo único que hacía era atizar aún más el fuego.Quizás si lo hubiera pensado un momento, se hubiera dado cuenta del error, pero no lo hizo.Las cosas más obvias nunca se comprenden en el momento justo.
Sentado junto a la ventana del Temple, pidió una cerveza y un Black Bottle, bebiendo uno tras otro.Una canciónde John Mayall y Eric Clapton, le pareció lejana luego del quinto vaso de whiskyy otras tantas cervezas.
Las calles de Dublin se le tornaron ajenas y oscuras, pese al colorido de sus casas, cuando volvió para sumergirse en aquel antiguo dolor.
* * *
Irlanda, junio de 1995.-
Ante quien corresponda:
Sé que algunas historias suelen ser fantasías de la gente y sé, que por lo mismo, nadie habrá de creer en esta.Lo cierto es que ella existió y por ello un día decidí liquidarla.Sí, así como lo oyen o, mejor dicho, así como lo leen.
Era un monstruo.Una bestia enorme y cruel que se alimentaba de mis lágrimas.Aquel salitre acuoso le gustaba grandemente y tenía la ventaja de ser inacabable.No era como otros monstruos que se alimentan de sangre o de carne humana.La sangre y la carne se agotan; las lágrimas, no.Ella, entonces, sabía lo que hacía y no dudaba en inflingirme todo tipo de sufrimientos inútiles para que al fin llorara y pudiera alimentarse.Aunque no siempre fue así.Durante mis primeros años de vida creció poco, pues aunque lloraba, como todo niño, no tenía conciencia de la procedencia de mi pena.Sólo era una especie de ausencia difusa la que ocasionaba mi llanto desconsolado.La soledad de mi cuna, el hambre y el destete; los primeros días en el jardín de infantes, lejos de mi casa y de mi madre; algún capricho no escuchado y muchos menos concedidos y cosas así.Pero todo esto no equivalía a una angustia lo suficientemente grande como paraque ella pudiera saciar aquella ansia de lágrimas.Por lo que se encontraba pequeña y flaca, tendida justo a mi lado, entre mi almohada y mis sueños.Poco a poco, las frustraciones y privaciones de las que la vida nos hace objetos, fueron fortaleciéndola y se convirtió en una mole.Sin embargo, su cuerpo robusto, por estar constituido en su totalidad por agua, pasaba inadvertido a los ojos desprevenidos de los que me rodeaban.Nadie hubiera dicho jamás que ella estaba allí, acechándome en oscuridad de mi alcoba, haciendo un hueco tan profundo sobre el colchón que, a veces, he creído que podía precipitarme en su negrura y desaparecer tragado por la estopa, así como así.
En el transcurso de los últimos días, casi no encuentro espacio entre el borde del colchón y este abismo que viene por mí, tironeando siempre hacia abajo. ¡Cuántas veces e intentado irme a dormir al living!Nunca he podido.Lejos de mi lecho, en vez de dormir, me invade una tristeza enorme, porque es de noche cuando su voracidad se hace más grande. Entonces, lloro. Aunque últimamente, dándome cuenta de la estrategia maligna de esta bestia, contengo las lágrimas y vuelvo como si nada a ocupar mi lugar en ese precipicio de sábanas y acolchados, que alguna vez fuera mi cama.
Hoy me he propuesto destruirla, pero ¿cómo se puede combatir a un ser hecho de agua?¿Qué dique puedo construir entre ella y yo, que no sólo la contenga, sino que la haga desaparecer o lo que sería mejor, que la seque para siempre?
Hoy me he propuesto dejar de llorar, a fin de que se vuelva pequeña y escuálida como cuando era niño.No se si podré.¡Dios me asista!Es de noche.Debo dormir.Ella me espera henchida de mis lágrimas sobre el colchón.
R. Gallagher
* * *
La sirena de una ambulancia partió en dos el silencio nocturno.Lucille abrió la puerta del departamento con un rostro de visible preocupación.Sobre la alfombra una botella de Black Bottle, soltaba la última gota de licor.El articular de un teléfono, aún descolgado, era un grito cansino y lastimero por la línea.
– Me llamó hace una media hora.Cuando llegué lo encontré así.- explicó Lucille casi disculpándose, mientras estrujaba un papel entre sus manos.
–Es, con seguridad, un coma alcohólico.- dijo uno de los médicos.
Las cosas se complicaron, como siempre para mal y, en una cálida madrugada de junio, R. Gallagher fue trasladado al hospital central de Dublín, en donde se le practicó un trasplante de hígado, del que no sobrevivió.
Cumplida estuvo su última voluntad.Ella, jamás volvió a alimentarse de sus lágrimas
El forastero
Era un día de verano agobiante.Esteban Montero había llegado al pueblo como a las diez de la mañana.Pedro lo vio acercarse con ese aspecto que él mismo tuviera una semana atrás, cuando, recién bajado del tren, había pedido trabajo en el único comercio de coches rentados del lugar.Recordó los ojos sobre él, las preguntas impertinentes y los rostros de aparente indiferencia.Por el contrario, a Esteban Montero nadie parecía prestarle atención.No hubo preguntas sobre qué buscaba ni hacia dónde se dirigía, ni por qué había elegido aquel pueblo.Sólo Pedro se solidarizó con el recién llegado, quizás porque creía entender lo que el extraño podría llegar a sentir.
–Buen día. – saludó Pedro, extendiendo su mano derecha.
–Qué tal. – respondió Montero, lacónicamente, rozando apenas la mano del cochero.
–¿Busca un coche, señor?
–Sí, quisiera rentar uno para que me lleve a una villa a quince kilómetros de aquí.
–Yo me encargo.¿Quiere que vaya cargando sus valijas?
–Le agradecería esa molestia, mientras voy a comprar provisiones para uno o dos días.
–Aquí lo espero... Ah, debo advertirle que el precio del viaje es muy acomodado, pero dada la distancia tendré que cobrarle la vuelta.
–No hay problema. – respondió el extraño al tiempo que se encaminaba a un almacén cercano.
Pedro se lo había quedado viendo, contento por su suerte, dado que desde que estaba allí no había logrado ningún viaje que valiera la pena.En eso estaba cuando el dueño del negocio se acercó para interrogarlo.
–¿Con quien hablabas, Pedro?
–Aún no se. No se ha presentado.Pero evidentemente acaba de llegar.
Su jefe se lo quedó mirando a la espera de alguna otra explicación.Luego, palmoteándole la espalda, le dijo:
–Suerte, muchacho, espero que sepas lo que haces.
–Un viaje es un viaje ¿no? – respondió Pedro con cierto aire de triunfo.
–Claro, claro. – contestó el otro meneando la cabeza, al tiempo que se la rascabapor debajo de una gorra.
Pedro hizo los aprestos del auto y se sentó dentro, con la puerta del conductor abierta. Tenía la esperanza de que el calor contenido en la cabina saliera de allí.Secaba su frente con un pañuelo viejo, cuando Esteban Montero lo sobresaltó, abriendo imprevistamente la puerta trasera.
–Disculpe, usted, pero no me había dado cuenta que estaba de vuelta.
–¿Podemos irnos ya?
–Sí. – exclamó Pedro, cerrando la portezuela y poniendo la llave en el arranque.
–Según me dijeron en la inmobiliaria, hay que salir por la calle principal y tomar hacia la izquierda donde el camino se bifurca.
–¿Va a vivir allí? – preguntó Pedro sin más, como para sacar algún tema.
–Sí. Acabo de comprar la propiedad. – aclaró Montero sonriente, por lo menos eso fue lo que le pareció al cochero, cuando lo observó por el espejo retrovisor.
–Calor ¿no?
–Un poco.
–Usted no parece sufrirlo mucho. – acotó Pedro, cayendo en la cuenta que aquel hombre llevaba puesto un saco de media estación, camisa y chaleco.
–Así parece...Como voy a estar un poco apartado del centro comercial – cortó abruptamente Esteban Montero. – me gustaría que me dejara un teléfono donde llamarlo para cuando tenga que volver al pueblo.
–Como no, señor ... eh..
–Disculpe, mi nombre es Esteban Montero
–Yo soy Pedro y también acabo de instalarme aquí.
–¡Qué bien! ...Estaba pensando que quizás podría contratarlo por mes. – Volvió a cortar Montero –Quizás sea más conveniente para usted y para mi.Pedrolo observó por el espejo retrovisor, enarcando una ceja, mientras que evaluaba la propuesta.
–Debo pensarlo.De todos modos este viaje tengo que cobrarlo...
–Lo entiendo, Pedro, he sido un tanto precipitado.
El resto del camino transcurrió en silencio.Pedro escrutaba de tanto en tanto a Esteban por el espejo.Observó su traje costoso; el anillo con rubí que ostentaba en el dedo meñique de su mano derecha; el cabello y la barba prolijamente cortados.No parecía un timador.Quizás debía ser un poco más crédulo y aceptar aquella oferta.
Esteban Montero, en tanto, hurgueteaba en su equipaje de mano, del que retiró una agenda de cuero negro.Hizo algunas tildes con una lapicera a fuente, que a Pedro se le antojó carísima.Sin más, sacó del bolsillo interno del saco una billetera abultada, hizo un recuento rápido del dinero y la guardó.Pedro desvió la vista, para que el otro no se diera cuenta de su constante escrutinio.“Este hombre lleva allí una pequeña fortuna”, pensó. “¡Qué tonto soy!Cuando lleguemos a la villa debo hacerle una contraoferta.Después de todo, ¿adónde más va a ir sin movilidad y a quince kilómetros del pueblo más cercano?” Sonrió para sus adentros. Quizás, el día de mañana, hasta podría ser su chofer personal.
La vista de Pedro se perdió en el camino.El asfalto despedía un vaho pegajoso que, por efecto del sol rajante del medio día, parecía licuarse a medida que el coche avanzaba.Espejos de agua negros tragados por el monótono andar del vehículo.A lo lejos, envuelta entre la bruma estival,se divisó una casa de dos plantas que parecía deshacerse entre los árboles, como si el paisaje fuera una acuarela desteñida por exceso de agua en las pinceladas de su autor.
Llegados a la explanada principal, Esteban Montero, dio un gran suspiro de complacencia.La casa era imponente, aunque a Pedro se le ocurrió que estaba un poco descuidada y que su aspecto, más bien lúgubre, hubiera sido, para él, un impedimento para vivir allí.Pero no era el caso.Y decidió que a Esteban Montero le iba ese lugar solitario.
Pedro bajó los bártulos y los colocó frente a la puerta de entrada.Mientras que Esteban Montero sacaba su billetera para pagar el viaje.
–Deje, don.Durante el viaje lo pensé mejor. – instó Pedro, haciendo un gesto con su mano para que el otro guardara el dinero. –Se me ha ocurrido que el pago puede ser semanal.¿Qué le parece?
–Muy bien.Pero quizás quiera que le adelante el pago de esta semana.
–No se haga problema por eso.Llámeme mañana. – dijo Pedro alcanzándole una tarjeta arrugada. –Le voy a preparar un presupuesto conveniente para los dos.
–Agradezco su confianza, Pedro.
Esteban Montero observó, por un momento, el automóvil alejándose.Cuando casi era un punto en el horizonte, respiró profundo.Sacó unas llaves del saco y abrió la crujiente puerta principal.
* * *
Una amplia estancia dividida por una arcada, se abría hacía la izquierda del hall central.Debía tener no menos de diez metros, aunque a Esteban Montero, en ese momento, le pareció más chica.Caminó lentamente por ella.Acarició las paredes y se sintió feliz.Un súbito entusiasmo, contrario a su naturaleza mesurada, lo invadió en aquel momento.Bien, se dijo, por detrás de la arcada pondré el escritorio; por delante un amplio estar.
Colgó su saco en un perchero destartalado, único mobiliario del lugar y arremangó su camisa de lino.En esta casa parece hacer más calor que afuera, pensó, al tiempo que intentaba abrir, sin éxito, los postigos de las ventanas del living.Tengo que engrasar estos cerrojos y los de la puerta de entrada también, apuntó a media voz.Desabrochó su chaleco y se dirigió hacia el ala derecha de la estancia donde se encontraba la cocina y comedor diario con la despensa.Observó las alacenas desvencijadas, pero imaginó como quedaría todo aquello después de unos hábiles retoques y se sintió conforme.Después de todo era su casa, la que tanto había ansiado para sus días de madurez.Tranquila, solariega, alejada del ruido de las grandes ciudades y rodeada de naturaleza más que de gente.
De pronto un ruido atrajo su atención hacia la caldera.Uno de los leños, almacenados allí para alimentarla chimenea del living, rodó hasta él haciendo caer un hacha.Esteban Montero no se inmutó.Con su acostumbrada parsimonia, tomó la herramienta y la colocó en su lugar.Luego se inclinó a levantar el leño.Abrió la portezuela oxidada de la caldera y miró dentro.Todo parecía estar en orden.
El cansancio provocado por el intenso calor y los traqueteos del viaje le provocaron a dormir una siesta y decidió darse un baño antes de disponerse a descansar.Tomó una caja de provisiones y otros petates que había dejado en el estar y subió uno a uno los peldaños de la escalera acodada entre el living y el hall.La extraña sensación de que a su paso los escalones se derretían, acentuaron su extenuación.Ya arriba hizo una revisión rápida de los cuartos.Para su sorpresa, la habitación principal se encontraba aseada y la cama, tendida.Eso era todo un detalle de parte de su agente inmobiliario.Apuntó para sus adentros darle las gracias en cuanto fuera al pueblo.Complacido, sacó de la caja de provisiones una botella de vino borgoña, un trozo de queso y algunos embutidos que apoyó sobre una mesita que oficiaba de toilete frente a la cama.Tomó unas toallas de su bolso y se dirigió al baño.Suspiró con desgano al llegar allí, viendo que la prolijidad de su cuarto contrastaba con la suciedad y marcas de herrumbre de la bañera y el lavabo.No podía ducharse en esas lamentables condiciones.Volvió al dormitorio y extrajo de la caja una botella de cloro concentrado y un estropajo.El intenso calor lo obligó a sacarse la ropa y enjugar unas gotas de sudor sobre la frente.Semidesnudo, ingresó al cuarto de baño y luego de una exhaustiva limpieza, que no hizo mella en las manchas de herrumbre, abrió la ducha.Un líquido rojo lo obligó a echarse hacia atrás.El ruido sordo de las cañerías en desuso lo sobresaltó.Estuvo así casi diez minutos, a la espera de que el agua fluyera limpia de óxido.Por fin pudo meter su cuerpo bajo el refrescante fluido.Sin embargo, el agua estaba tan caldeada que no pudo permanecer allí más que lo justo y necesario como para sentirse limpio.
Malhumorado, volvió al cuarto, se dejó caer en la cama y se sumergió en un profundo sueño.A la hora se despertó bañado en sudor con una sensación acre en la boca, como si el aire a su alrededorse espesara y no le permitiera respirar.“¡Qué verano jodido!”, aulló en la soledad del cuarto, como si con ello pudiera hacer ingresaralguna brisa.
Se levantó de un salto. No podía seguir allí.Se vestiría y esperaría la noche en el jardín.Quizás, dejando la puerta principal abierta,aquel ambiente caldeado se refrescara.Cerca de la balaustrada, un mareo lo hizo asirse de la baranda de la escalera para no caer sobre los escalones polvorientos.Los peldaños parecían deshacerse a su paso, provocándole una sensación abismal.Casi corrió hacia la puerta en busca de un poco de aire puro.Tomó una gran bocanada de aliento y se dispuso a dar un rodeo a la casa.Hacia su izquierda vio una capilla y se le ocurrió que quizás en su interior estuvieramás fresco.Sentado en uno de los bancos del santo recinto observó los vitreaux de colores vivos, el manto rojo de los santos, las aureolas amarillas doradas, las túnicas azules.Un Cristo en su madero parecía mirarlo con cierta compasión, sin embargo, algo había en la figura que le infundía temor.Tal vez fuera su cuerpo sangrado por espinas y clavos lo que no le permitía conectarse con la sacralidad de la imagen.
Estuvo allí un buen rato, más que por el frescor dela nave, porque no podía discernir de dónde provenían los reflejos de unos destellos luminosos que se colaban por entre los vidrios.Definitivamente no eran causados por el sol vespertino.Estos reflejos tenían un movimiento ondulante que producían un efecto de sombras chinescas sobre las paredes descascaradas de la iglesia.
De pronto cayó en la cuenta que, siendo más de las cinco de la tarde tenía que ir a controlar la instalación de los fusibles para tener luz durante la noche. ¿Dónde estarían los tapones?Trató de recordar qué le había dicho su agente inmobiliario al respecto, pero no lo logró.En la cocina buscó a tientas, sobrelas paredes.Por fin, en la despensa dio con la caja de luz.Ajustó los fusibles.La pobre iluminación del lugar lo hizo sentir deprimido y en un estado de aturdimiento que nunca había sentido antes.La sensación acre en su boca con la que se había levantado de la siesta había vuelto junto con el calor de la estancia.Una idea vino a su mente:“Llamaré a Pedro cuanto antes.No sé si quiera pasar la noche aquí”.
Mientras intentaba comunicarse por el viejo teléfono del estar con la remisería del pueblo, tuvo la clara percepción de estar asfixiándose.Todo comenzó a dar vueltas a su alrededor y un sopor intenso le dio la pauta de que si no salía pronto de allí se desvanecería.
* * *
Pedro había llegado al pueblo con el tiempo justo para comer algo y acostarse a dormir una siesta en su camita de la pensión.El dueño de la agencia hacía lo propio recostado en el desteñido sofá de la recepción, por lo que el muchacho entró tratando de hacer el menor ruido posible, luego de estacionar el coche.Con el mismo sigilo abandonó el lugar, dejando las llaves del automóvil sobre una mesa de fórmica que hacía las veces de improvisado escritorio.
Las calles estaban vacías, como si la gente del pueblo se hubiera evaporado.A paso lento llegó a la pensión.La casera se encontraba tomando el fresco de un ventilador de pie sentada en una reposera junto a la puerta de entrada.Al ingresarPedro, la mujer, como todo saludo, le indicó que había dejado fiambre en la heladera.El muchacho se sirvió un gran vaso de agua helada y tragó los bocados de sándwich con avidez.Luego se retiró a su cuarto.
Como a las cuatro de la tarde, el dueño de la remisería lo despertó.
–Vamos, Pedro. – hay un cliente esperando.
A regañadientes dejó la cama.
–¡Que visión para los negocios, Pedro!La gente de la inmobiliaria quiere hacer un viaje. – continuó diciendo su jefe.
Acomodándose la camisa dentro del pantalón, Pedro, comentó al otro.
–Parece que hoy es mi día de suerte.
–A propósito, ¿cómo te fue hoy?
–Bien. – respondió Pedro con poca disimulada satisfacción.
–¿Dónde era que habías ido?
–Después hablamos, jefe.No quiero hacer esperar a esas personas.
Pedro ganó la calle y con paso ligero dejó atrás al dueño de la remisería.Llegado al estacionamiento encontró a una joven rubia que se presentó como el agente inmobiliario del pueblo.
–Mucho gusto.– dijo Pedro, extendiendo una mano a la muchacha.
Subieron al coche sin más trámites.Pedro arrancó el vehículo y se dispuso a retomar por la calle principal.
–Por esta, siga hasta la bifurcación y gire hacia su izquierda. – indicó la chica.
–¿Va lejos?, señorita.
–No mucho.Después de doblar tenemos que seguir derecho unos quince kilómetros.
–Hoy a la mañana llevé a un hombre hacia allí.
–¿No me diga?¡Qué contratiempo!
–¿Por?
–Porque había un posible comprador que quería ver el predio, pero nunca llegó a la inmobiliaria.
–El hombre me dijo que ya había adquirido la casa. – comentó Pedro con cierta inquietud.
–No puede ser.La finca no está habitable.
–Quizás estemos hablando de otra casa.– argumentó Pedro para tranquilizarse.
–Que yo sepa no hay otra casa por allí.
– Estoy seguro que el hombre bajó en esa finca.Yo mismo lo ayudé con los bultos. – porfió Pedro
–Debe haber una confusión.¿Como dijo que se llamaba el hombre?
–No se lo dije, pero se llamaba Esteban Montero. – respondió Pedro observándola por el espejo retrovisor.El rostro de la mujer se puso lívido.
–¿Se siente, usted, bien? – inquirió Pedro, viendo el efecto que en ella habían producido sus palabras.
–Esteban Montero, el último propietario de la casa, murió hace seis meses.Alguien le ha hecho una broma de mal gusto. – respondió ella luego de un momento de incertidumbre.
–A mi me pareció un hombre serio, incapaz de algo así.Además se lo veía bien vivo.– remató Pedro.
–Ya veremos de qué se trata todo esto. –dijo ella con fastidio, al tiempo que se empolvaba la nariz.
Durante el resto del viaje no volvieron a hablarse.Ambos se encontraban sumergidos en pensamientos oscuros.Pedro porque veía caer un negocio interesante;ella porque tendría que lidiar con un loco en un predio prácticamente destruido.
A lo lejos, sobre un asfalto caliente, Pedro vio aparecer la estructura de una casa o, por lo menos lo que quedaba de ella.Un escalofrío llegó desde su nuca y le recorrió todo el cuerpo.No tenía recuerdo de que la casa estuviera en semejantes condiciones.Casi descompuesto estacionó en el frente.
–¿Lo ve? – dijo ella, con cierto tono de triunfo.
–Lo que vi esta mañana no era esto.
Bajaron.Por detrás de la fachada de la casa sólo quedaban los cimientos, estructuras de madera y escombros.
–¿Qué pasa aquí? –preguntó Pedro, recorriendo el predio.
–Querrá decir ¿qué paso aquí? – corrigió la chica.Y sin esperar comentario alguno, aclaró.-Esteban Montero llegó al pueblo en un automóvil conducido por su chofer personal,un hombre llamado Pedro.
El remisero tragó saliva, pero no hizo ningún comentario a la joven.Ella, sin prestarle atención, continuó:
– La finca fue adquirida por el tal Montero durante el otoño pasado.La arquidiócesis se la vendió luego de la muerte del único capellán de la zona. – la mujer se quedó pensativa y agregó casi excusándose: – La empresa le advirtió que había que reparar la caldera antes del invierno. Montero aseguró que él mismo haría las reparaciones necesarias.Total que, durante los primeros fríos, el señor Montero parece haber encendido el hogar a leña, pero una filtración de gas proveniente de la caldera hizo estallar la casa con él adentro.
–¿Qué fue del chofer?
–Nadie volvió a verlo.En todo caso,no se encontraba en la finca cuando el accidente sucedió.
–No es posible. – repetía Pedro caminando sin ton ni son por entre los escombros.De pronto, en unos deshechos negruzcos de mampostería, vio algo brillar.Se agachó y levantó del suelo el anillo de rubí que Esteban Montero llevaba en su mano y que tanto había llamado la atención de Pedro.
–Sí es posible. – dijo para sí en voz alta, al tiempo que guardaba la joya en el bolsillo de su pantalón.
Luego de hacer unas mediciones, la joven agente inmobiliaria, se encontraba lista para partir.Pedro no salía de su estupor, pero no quiso hacer más comentarios.Él sabía lo que había visto y con quién había estado durante la mañana, pero si insistía creerían que había perdido la razón.Después de todo, se conformó,el viaje en el que había llevado a un hombre que decía llamarse Esteban Montero, le había dejado una ganancia.Palmoteo el bolsillo de su pantalón y puso el arranque del auto.
Habrían hecho cien metros, cuando Esteban Montero salió corriendo de la capilla, tratando de dar alcance al vehículo.Viendo que no se detendría, frenó en seco y se preguntó con la mirada perdida en el camino: “¿Por qué no me habrá esperado Pedro?”
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