Eros y Psique (*) (Un recorrido por el concepto de alma en Platón) Introducción No es casual haber elegido como síntesis conceptual para el presente trabajo el tema del alma. Vislumbrar lo que ha dicho la tradición filosófica acerca de un tema que nos es tan caro, no representa entonces una mera curiosidad meta-física, sino que es el motor que nos mueve a ocuparnos de las vicisitudes por las que ha transitado Psique. En este trabajo recurriré al mito, no sólo porque así lo quiso Platón en obras como La República, Timeo, El Banquete o Fedro para abordar el tema del alma, sino porque en el mito, dada su condensación, algunas veces como metáfora y otras como analogía, aparece a escorzos una verdad. El relato mítico nos obliga a realizar un esfuerzo intelectual que está más allá de lo que superficialmente cuenta. Para tomar un concepto que proviene de las modernas prácticas psicoanalíticas, podríamos decir que en él hay algo del reservorio al que Carl Jung dio el nombre de inconsciente colectivo. Desde un punto de vista metodológico diré que comencé siguiendo las argumentaciones que Platón pone en boca de su maestro Sócrates en Fedro 230d a 257c y el Discurso de Diotima en el Banquete, aunque de esta última obra también es relevante el mito del andrógino, y los relacioné con la leyenda que sobre Eros y Psique ofrece Apuleyo, pensador neoplatónico nacido en el año 125. Transitar los caminos recorridos por Psique en busca de Eros, me permitió no sólo anudar los aspectos gnoseológicos, metafísicos y psicológicos de la obra de Platón y poderlo comparar con la concepción aristotélica, sino reflexionar sobre algunas otras cuestiones que tienen que ver con la práctica profesional. Desarrollo 1.- Hay muchas maneras de decir Amor: Las filiaciones de Eros han sido desde el principio bastante confusas. Según las primeras Cosmogonías, Eros era el principio de atracción que mantenía todo unido, hijo de la Tierra o de la Noche. Con el tiempo fue asociado a la unión de Afrodita Urania con Hermes y también con los amoríos de Zeus y algunas de las diosas ctónicas, como Proserpina o Demeter. En este trabajo hemos decidido ubicarlo - aunque no de manera excluyente - como hijo de Afrodita Urania y Hermes por algunas buenas razones que iremos desarrollando. Lo cierto es que asociar a Eros, el Alado, con estas paternidades se ciñe muy bien a la estructura de los diálogos platónicos (Fedro) y las leyendas neoplatónicas que tratamos de recrear aquí (Apuleyo). Baste con considerar que Afrodina Urania, por oposición a Afrodita Pandemo, es un aspecto de la diosa, representación de la Belleza misma en un sentido celestial o, como dirá Platón, ideal. Tenemos, entonces, a Afrodita Urania como representación de la Idea de Belleza, por un lado y a Hermes, representación del intelecto, por el otro. Este Hermes, al que los egipcios dieron el nombre de Trimegisto, era el mensajero alado entre los dioses y los hombres y entre los dioses entre sí. Los egipcios creían que realmente había existido en épocas de Abraham y que había sido el que enseñó los principios de la filosofía “hermética” a los hombres. Aparentemente, de los conocimientos transmitidos por este Hermes Trimegisto habrían sido deudores, tanto la tradición órfico - pitagórica, como los iniciados y alquimistas del Kybalion y Geordano Bruno . Sería lógico entonces ubicar a Eros como el producto de la unión divina entre la Belleza y una Inteligencia tal, a los fines que nos ocupan. Así concebido y sin alejarnos de los relatos míticos, Eros era un dios alado (característica heredada de su padre) de una gran belleza (rasgo heredado de su madre) que al herir con sus flechas tanto a hombre como a dioses, provocaba ese apego al semejante del cual habla tan elocuentemente Sócrates en Fedro y al que se le da el nombre de amor. Es por eso - anticipándonos un poco - que de los cuerpos bellos se puede pasar a un tipo de amor sublime, que trasciende la mera atracción animal, único capaz de hacer elevar al alma hacia la contemplación de las Ideas inmutables. Desde un punto de vista más moderno, podríamos decir que nuestras apetencias (instintos dominados), pasiones y deseos, así como nuestra facultad de razonar (pensamiento - lenguaje), son, precisamente, las que nos diferencian del resto de los seres animados. Baste con seguir brevemente el recorrido de Sigmund Freud para entender la gran incidencia que tuvo en nuestros actuales paradigmas científicos, el significado que hemos dado a Eros. Digo instintos dominados, porque nuestra naturaleza humana, al estar atravesada por el lenguaje, no es pura naturaleza. Hay algo de la necesidad natural que se ha perdido y esto es nada más y nada menos, el hecho de que somos seres capaces de hacer cultura, y de acatar cuerpos normativos que nos permiten vivir en sociedad. Trasformamos el medio, para bien o para mal. Pensamos, amamos, deseamos, sufrimos y de todas estas cosas somos conscientes. Dice Freud al respecto en Más allá del principio del placer: “De este modo la libido de nuestros instintos sexuales coincidiría con el Eros de los poetas y filósofos, que mantiene unido todo lo animado.” Un poco más adelante afirma: “[...] hallamos una de tales hipótesis [...] - más bien un mito que una explicación científica - que no me atrevería a reproducirla aquí si no llenase precisamente una condición a cuyo cumplimiento aspiramos. Esta hipótesis deriva un instinto de la necesidad de reconstruir un estado anterior.” “Me refiero, naturalmente, a la teoría que Platón hace desarrollar a Aristófanes en el Symposion, y que trata no sólo de la génesis del instinto sexual, sino de su más importante variación con respecto al objeto.” Este “estado anterior” al que hace referencia Freud y del que parece derivar la génesis del instinto sexual, no es otra cosa que la incesante búsqueda de una parte perdida de nosotros, tal como lo expresa el mito del Andrógino en El Banquete: “La naturaleza humana era al principio muy diferente. Primitivamente hubo tres sexos [...] junto al masculino y al femenino vivía un tercer sexo, que participaba en igual medida de los otros dos [...]” En este mito, relatado por Aristófanes en el Banquete, el andrógino era un ser doble, redondo, que poseía cuatro brazos, cuatro piernas y ambos sexos. Pero cuando estos seres pecan contra los dioses y quieren escalar el cielo para atacarlos, Zeus castiga la arrogancia de los andróginos completos y autosuficientes, dado su fuerza y vigor, partiéndolos al medio y esparciendo sus mitades por el mundo de modo que no puedan, aunque lo deseen, encontrarse. “Cada uno de nosotros, efectivamente es una contraseña de hombre, como el resultado del corte en dos de un sólo ser, [...] De ahí que busque cada uno su propia contraseña.” Pero no sólo para la teoría psicoanalítica Eros ha representado un punto de inflexión para explicar la génesis de nuestra sexualidad - entendida no sólo como intercambio sexual, sino como capacidad de sublimación, de ternura o de deseo, es decir, de pulsión libidinal con la envestimos a los objetos (catexias) - sino que también ha sido fructífera en el campo de la física, en la postulación de principios tales como el de atracción y repulsión y el de fuerza centrífuga y centrípeta, por ejemplo. Principios que, como bien apuntó Freud en Psicología de las masas y análisis del yo son independientes de la experiencia. Dice textualmente: “Estos instintos eróticos son denominados en psicoanálisis, a priori [...]” Personalmente, me es grato pensar en Eros como un postulado que no necesita demostración, que nos sustenta y nos permite relacionarnos con los otros y con las cosas a través de su atracción centrípeta. Y se me ocurre que , quizás por estar releyendo a Platón, podría ser entendido como una ley de gravedad que además de anclarnos a la tierra y convertir el Caos en Cosmos, nos hace caer hacia el centro de los Cielos. 2.- La noche de Eros: “Todo es doble; todo tiene dos polos; todo su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los ex- tremos se tocan; todas las verdades son semiverdades; todas las paradojas pueden reconciliarse.” Sin embargo, a lo largo del relato mítico, Eros tiene también su lado oscuro, recordemos que en una de sus filiaciones se lo asocia con la Noche, la Tierra y el Caos: “Eros es considerado como un dios nacido a la par que la Tierra y salido del Caos primitivo, y, como tal, era adorado en Tespias, en forma de una piedra bruta. O bien Eros nace del huevo original, [...] engendrado por la Noche, cuyas dos mitades al separarse forman la Tierra y el Cielo [...] Según Diotima (en El Banquete), Eros es un genio (daimon) intermedio entre los dioses y los hombres [...] nacido de la unión de Poros (el Recurso) y Penía (la Pobreza) en el jardín de los dioses, al final de un gran banquete, al que habían sido invitadas todas las divinidades. A su doble parentesco debe características muy significativas: siempre a la zaga de su objeto, como la Pobreza, sabe siempre ingeniarse un medio para conseguirlo (como Recurso). Pero en vez de un dios omnipotente es una fuerza permanentemente insatisfecha [...] A la teoría psicoanalítica, la polaridad de Eros no le es ajena en absoluto, no sólo porque el deseo nunca puede colmarse, es decir siempre es deseo insatisfecho, sino porque : “Y con igual fundamento: Lo inanimado (la materia) era antes que lo animado (¿el alma?) .” Desde un punto de vista aristotélicos diríamos que sí, que lo inanimado es lo inorgánico, lo material como principio informe a partir de lo cual se desarrollan las diferentes “almas” (vegetativa, animal y racional). Sin embargo, Freud nos asombra en este artículo, un poco más adelante, con la siguiente aseveración: “Nuestra concepción era dualista desde un principio y lo es ahora aún más desde que denominamos las antítesis [...] instintos de vida e instintos de muerte.” Me es imposible pensar que Freud no supiera lo que estaba diciendo, menos aún al contrastar esta afirmación con la que hace en El Yo y el Ello : “La cuestión del origen de la vida sería, pues, de naturaleza cosmológica, y la referente al objeto y fin de la vida recibiría una respuesta dualista.” No obstante, podemos quizás entender que cuando se refiere a dualismo, lo hace pensando en que existen dos principio en la generación de la vida (Eros - Tánatos, animado - inanimado) que se podrían compadecer tanto con el dualismo idealista de Platón como con el realismo dualista de Aristóteles. Como sea, no me es posible hacer caso omiso a las citas de Freud transcriptas en las páginas 5 y 6 de este trabajo. Para continuar en esta línea argumentativa, en la mitología griega, Tánatos es un genio masculino alado que personifica la Muerte. En la Ilíada aparece como hermano del Sueño e hijo de la Noche. Es decir que Tánatos y Eros eran hermanos. No es casual que Freud los haya asociado como dos principios a priori en la constitución de nuestra sexualidad, porque “La meta de toda vida (Eros) es la muerte (Tánatos). 3.- Eros y Psique: 3.1. El conductor del alma: “Amor, invencible en la batalla // Amor, [...] Que en las tiernas mejillas de las doncellas // pernoctas, y vas y vienes por las ondas del mar y las agrestes guaridas de las fieras; nadie de ti puede escapar, ni entre los inmortales, ni entre los hombres, criaturas efímeras. Quien te posee enloquecido queda.” Eros y psique (el alma) se relacionan en Fedro a través del mito que Sócrates relata al joven mancebo, Fedro, quien habiendo estado presente durante el discurso que diera Lisias, se propone dar un paseo fuera de las murallas de la ciudad. Los argumentos retóricos que este orador había expuesto, rebajaban al amor - a los ojos de Sócrates - a la mera relación sexual, paradójicamente en la que no debía haber amor, pues el amor entre los amantes acarreaba malas consecuencias y era parangonable a la locura. En principio, Sócrates, parece dar crédito a las palabras de Lisias puestas en boca de Fedro, tan sólo para que el joven entienda que no está en su naturaleza transformarlo en su amante - cosa que el joven hubiera aceptado de buen grado - en estos términos: “Esto es, pues, muchacho, lo que debes meditar, comprendiendo que la amistad de un enamorado nunca nace unida a la buena intención, sino como la afición a un manjar, por amor a la saciedad.” “(Pues) Tal como el lobo al cordero, ama el amante al mancebo.” Algo del amor de transferencia aparece aquí, tal y como lo describe Freud, lo cual es lógico teniendo en cuenta el método que Sócrates utiliza: la mayéutica, con el que hace parir a su interlocutor conocimientos que creía no tener. En este sentido, Sócrates es un psicólogo psicoanalista, más de dos mil años antes de la aparición del psicoanálisis. Comparemos su postura ante Fedro con lo que dice Freud: “ [...] Me refiero al caso de que una paciente demuestre con signos inequívocos o declare abiertamente haberse enamorado, como otra mortal cualquiera, del médico que la está analizando. Esta situación tiene su lado cómico y su lado serio [...] “La enferma habría conseguido, en efecto [...] repetir, realmente, en la vida, algo que sólo debía recordar, reproduciéndolo como material psíquico [...]” (Sin embargo, la paciente debe aprender del médico) “ [...] a dominar el principio del placer y a renunciar a una satisfacción próxima, pero socialmente ilícita, en favor de otra más lejana [...]” Sin duda, Sócrates le señala a Fedro esto último en su discurso y con su actitud, para luego hacerlo reflexionar, invocando el favor de Eros, sobre el que con tanta ligereza e impiedad se ha hablado. Reproduzco el diálogo: “Sócrates .- ¿Dónde se ha metido el muchacho a quién hablaba? Lo digo con la intención de que oiga también esto, y no se adelante, por no haberlo escuchado, a conceder su favor al no-enamorado. Fedro.- Ese está siempre a tu lado y muy cerquita, cuando quieras.” A continuación, Sócrates relata el mito del alma que, por analogía es representada como un auriga que trata de dominar un carro tirado por dos corceles, uno manso, de porte esbelto y blanco y otro indómito, de porte grosero y negro. Los caballos representan en el mito los apetitos del alma, unos sublimes, otros bajos y toda la tarea del conductor consiste en la doma de los apetitos groseros a fin de que priven los más elevados. Cuando esto se logra, el alma puede intuir algo de la Verdad que ya ha visto y de la que ha participado junto a los dioses. El encargado de conducirla a este estado de contemplación de la Verdad y la Belleza en grado sumo, no es ni más ni menos que Eros, quien es capaz de elevarla por medio del amor (locura divina) haciéndole crecer alas. “Llaman, por cierto, a Eros alado los mortales, // los inmortales Pteros (en griego emplumado), porque fuerza a criar alas.” 3.2. Eros enamorado: De todos los mitos que relatan historias sobre Eros, es a mi entender, el más bello de todos, el que cuenta Apuleyo y es de origen milesio. He dividido al mito en tres partes, a los fines de poder analizarlo. En la primera, a la que podríamos dar el nombre de Eros “el monstruo”, se muestra a una joven mortal llamada Psique que, dada su extraordinaria belleza, era rechazada por todos sus posibles pretendientes. Consultado el oráculo, sus padres, por designio divino la encadenan al monte Cáucaso, en el que un monstruo vendría a devorarla. Abandonada a su suerte, espera su muerte, hasta que acierta a pasar por allí Eros, quien se apiada de ella y decide rescatarla. Convertido en un viento invisible, la desata y la transporta a su palacio, donde es suavemente depositada en el jardín. Al retomar el vuelo, Eros se pincha con una de sus flechas, por lo que se enamora de Psique. Por la noche, ya a salvo, luego de un primer desconcierto y después de haber recibido los cuidados de los sirvientes del castillo, Eros viene a ella para hacerla su esposa. Sin embargo, para que se mantenga este estado de cosas, Eros impone a la joven una condición: nunca debe mirar su rostro, porque el día que lo haga, él se irá de su lado. La joven acepta por agradecimiento a su misterioso esposo y por un tiempo vive feliz. Aquí la felicidad de Psique es a condición de no conocer el objeto de amor, no es un amor incondicional, sino un amor ciego a los defectos de alguien que, según el oráculo podría ser un monstruo. Un amor donde priva la ignorancia y el apetito sexual, a la manera en que lo proponía Lisias en su discurso. Un amor al no-enamorado que, como apunta Sócrates en Fedro, no alcanza para elevar el alma hacia la Verdad. Sin duda, Psique podría haber seguido en esta condición por siempre, sin embargo, un día añora a sus padres y solicita a su esposo, le permita ir a verlos. En principio, Eros se niega, consciente de los peligros que aquel peregrinaje podría acarrear, pero finalmente acepta ante la insistencia de su amada. Transportada por los aires hasta las puertas de su ciudad natal, Psique llega a la casa de sus padres y luego visita a sus hermanas, quienes también habían contraído matrimonio. Tras la alegría del encuentro, las hermanas, envidiosas de la suerte de Psique, a quien hasta ese momento habían creída muerta, comienzan a interrogarla acerca de su nueva vida, hasta hacerla confesar que desconocía la naturaleza de su esposo. Apelando al oráculo, las hermanas sugieren a Psique que lo espíe mientras Eros duerme a fin de saber si está yaciendo o no con un monstruo. Transcurrido un tiempo, la joven esposa vuelve a su palacio, decidida a poner en práctica aquel plan, y una noche, mientras que Eros dormía, acerca una lámpara de aceite al rostro de su amante. Para su sorpresa, a su lado yacía el más hermoso de los seres que jamás hubiera visto. Desafortunadamente, al inclinarse para admirarlo, una gota del aceite cayó sobre el cuerpo de Eros, quien al sentirse quemado despertó. Indignado por la falta de palabra y la curiosidad de Psique, Eros decide abandonarla tal como lo había prometido. En su desesperación por retenerlo, Psique se pincha con una de las flechas de Eros, pero no logra que el joven dios tenga piedad de ella , como tampoco lo tendrá Afrodita, madre del joven , quien impondrá a Psique toda clase de tormentos. Pese a lo injusto o desproporcionados que puedan parecer semejantes castigos, hay algo aquí que se nos devela: Psique (el alma) va emprender el camino hacia su purificación a través del amor perdido. La segunda parte del relato, es “el peregrinar” de Psique en busca de su amado. En este camino del alma en soledad, por amor a una ausencia, es que ella se eleva. Las pruebas impuestas por Afrodita, entre las cuales se halla - a mi entender no por casualidad - la bajada a los Infiernos, el Hades, tienen un sentido profundo y casi alquímico. Esto es que, para purificarse, el alma, no sólo tiene que haber contemplado el Sumo Bien (el Amor) y reconocerlo perdido, sino que debe reconocer en sí sus apetencias más bajas para poder dominarlas. Hasta que esto no suceda, de nada servirán los ruegos de Psique implorando el perdón de Afrodita, por lo que no le queda más remedio que bajar al mundo subterráneo. De allí, por orden de Afrodita, debía traer una pomada mágica a la diosa, que contenía el secreto de la eterna juventud. Psique, sin embargo, era ignorante de lo que contenía el pote en el que se hallaba la pomada y, por supuesto, tenía expresamente prohibido abrirlo. Pasada la prueba, Psique, sin embargo no puede contener su curiosidad, abre el frasco y cae, sumiéndose en un profundo sueño. Como en el proceso de una terapia analítica, el alma se resiste a sumergirse en sus zonas oscuras - representadas en el mito por el descenso a los (propios) Infiernos -, así como también es ignorante del tesoro que puede encontrar en esas siniestras profundidades (representado por la pomada mágica de Afrodita). El final del relato es “la Ascensión” de Psique por el amor de Eros. Como al inicio del mito, Eros vuelve a pasar por donde está Psique y creyéndola muerta, decide perdonarla llevando su cuerpo inerte hasta el Olimpo. Allí ruega a Zeus que le permita desposarla y convertirla en inmortal, cosa que le es concedida. La nueva boda, esta vez se festeja en la morada de los dioses. Entre los regalos que recibiera Psique, más allá del amor de Eros y de su inmortalidad, se contó el perdón de Afrodita. Y cuenta la leyenda que, desde ese momento a Psique también le crecieron alas. Conclusión La vida se extingue en la muerte y sin embargo Eros no se extingue. A la luz le sigue la oscuridad, tan sólo para sucumbir en la claridad del día. Este es el límite y el enigma que desde siempre animó el pensamiento de los filósofos: el hecho irreversible, la situación límite y extrema de nuestra humana existencia. Todos habremos de morir y entonces, ¿para qué hemos existido? ¿Que es la existencia? De ahí a dar el salto especulativo que tematice el Ser de las cosas, al encuentro de un por qué siempre fallido y superado por sucesivos pensadores, hay sólo un paso: el intento de toda filosofía. En Platón este intento es otorgarle al Ser una instancia imperecedera, algo que subsiste porque es eterno e inmutable de ahí el Mundo de las Ideas y el aserto de que el alma (psique) participa y participó de este Mundo, el más real, el que nos garantiza que la Verdad, el Bien, la Belleza y la Justicia son posibles y lo único digno de ser contemplado y conocido. Aristóteles, por el contrario, nos enfrenta a la realidad de lo perecedero: no hay otro mundo más allá de este, sometido a la generación y a la corrupción. Nuestra potencia, en última instancia, pero también nuestro acto final como seres humanos vivos, es volver al seno de lo inorgánico, inanimado: la materia. Podrá ser injustificado y hasta poco científico, pero ¿cómo no habríamos de creer en el alma, si la obra de Platón, ha tornado inmortal a un hombre que, crease o no en ella, ha dejado este mundo sensible hace más de veinte siglos, para volar a través de los tiempos - a pesar de ellos - hacia nosotros? La sólo existencia y vigencia de su obra, el legado de su sistema filosófico, echa por tierra cualquier pretensión en contrario. Esta es la postura metafísica irrefutable. La verdadera inmortalidad a la que puede aspirar el sujeto: dejar un legado que trascienda los tiempos. ¿No es esta la más contundente y empíricamente comprobable prueba de la existencia del alma? Bibliografía Consultada BRUNO, Giordano: De la causa, principio y uno, trad. Ángel VASSALLO, ed. LOSADA, Buenos Aires - Argentina. CARPIO, Adolfo: Principios de Filosofía, ed. Glauco, Buenos Aires - Argentina, Segunda Edición, 1995, p FREUD, Sigmund: Más allá del principio del Placer, trad. LÓPEZ BALLESTEROS, ed. Biblioteca Nueva, Madrid - España, Tomo VII, 1972. FREUD, Sigmund: Psicología de las masas y análisis del yo, trad. LÓPEZ BALLESTEROS, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid - España, Tomo VII, 1972. FREUD, S.: El Yo y el Ello, trad. LÓPEZ BALLESTEROS, ed. Biblioteca Nueva, Madrid - España, Tomo VII, 1972. FREUD, S.: Observaciones sobre el Amor de Transferencia, trad. LÓPEZ BALLESTEROS, ed. Biblioteca Nueva, Madrid - España, Tomo V, 1972. GRIMAL, Pierre: Diccionario de Mitología griega y romana, trad. Francisco PAYAROLS, ed. Paidós, sexta reimpresión, 1993. JASPERS, Karl: Introducción a la Filosofía, ed. Fondo de Cultura Económica, México. PLATÓN: Fedro, trad. Luis GIL, ed. Guaderrama, Madrid - España, 1969. PLATÓN: El Banquete, trad. Luis GIL, ed. Guaderrama, Madrid - España, 1969. SÓFOCLES: Antígona, trad. Luis GIL, ed. Labor, Barcelona - España, 1991, pág. 58.
(*) Un fragmento de este texto fue comentado, generosamente, en la web magazine Philo Ousia , bajo el título de Eros y el Andrógino. En esta página también pueden leer un texto de la autora sobre el Concepto de Ousia. |