TRES ESCRITOS PARA Abelardo y Eloísa Recordados tanto o más que los amantes de Verona, tan sólo porque en verdad existieron. Pues bien, hoy les voy a contar un cuento acaecido hace mil años y que sin embargo se renueva cada día sobre la almohada de alguien, como todos los cuentos. Abelardo fue un docto caballero francés que, por su investidura y por cierto tipo de principios ético-morales arraigados en la época, había hecho ante sus discípulos votos de castidad. Un buen día, mientras impartía sus doctrinas por diferentes comarcas, fue a dar a la casa de un clérigo, quien vivía en compañía de su sobrina, Eloísa. El clérigo, tal como en la historia del Jorobado de Notredame, estaba prendado de la belleza de la niña. Codiciándola en silencio, accedía a todos sus requerimientos, esperando el momento de hacerla suya. Momento que nunca llego, pues apareció en sus vidas Abelardo, que parece ser que de Quasimodo no tenía nada. Eloísa, por su parte, era una criatura interesada por la astronomía, que no había conocido varón, no porque le faltaran pretendientes, sino porque todos ellos le resultaban demasiado aburridos, por no decir tontos a la hora de entablar un diálogo sincero o académico, cuestión ésta que venía de perlas a su malintencionado tío. Durante la comida que le ofrecieran el día en que llegara, Abelardo intercambió algunas palabras con Eloísa, descubriendo con agrado que ella había leído a los antiguos maestros. Pronto, también descubrió sus ojos ávidos y su pelo rizado bajo pálido velo. El clérigo, en tanto, conocedor de la reputación de Abelardo, tanto como sabio doctor como por su castidad, le solicitó, viendo el interés académico de la joven Eloísa, la tomara como discípula. Tras la aceptación de Abelardo de aquella propuesta, tuvieron largas y cotidianas conversaciones que llevaron a Abelardo a reformular algunas de sus tesis, por ejemplo, la de la castidad. Eloísa, amén de su belleza, era una mujer ingeniosa y aguda para su época. Y como el amor siempre busca lo que se le parece, como es sabido desde el romance de Psique y Eros - el cual espero relatarles en alguna otra oportunidad en esta misma columna - se enamoraron. Los seres humanos sólo tenemos esa forma de acceder al amor: sólo es deseable lo electivamente afín. El amor no reconoce diferencias a la hora en que el alma encuentra en el otro la misma luz. Como Narciso en el espejo de agua, no importa si uno muere por ello, a veces, hay cosas más importantes que la vida. Tarde cayó en la cuenta el tío de Eloísa de que tutor y alumna habían perdido sus respectivas castidades, el mismo día, a la misma hora y sobre el mismo lecho. Herido por el veneno de lo que creyera una traición a su confianza, antes que a su propio egoísmo, inspiró rencor en los discípulos de Abelardo, quienes una noche ingresaron por sorpresa en su recámara y lo castraron. Es evidente que no habían aprendido nada de la lógica ni de la ética impartida por su maestro, ésa que hoy quiero recordarles: el amor no pasa por ninguna parte del cuerpo, está más allá de la propia anatomía. Casi desangrado por el ataque, Aberlado, sin embargo se recuperó de su convalecencia gracias a los cuidados de Eloísa, quien fuera a visitarlo al otro día de acontecido el ataque. Apenas entró en la recámara de su amante maestro, este le preguntó : “¿Me amarías de cualquier modo?” Respondió entonces, ella, “Te amaría bajo cualquier circunstancia”. Abelardo tomó entre las suyas las manos de Eloísa y rozó con ellas su sexo mutilado. Llena de horror y desesperación, prometió en esa hora no casarse jamás con ningún otro. Vanos fueron los esfuerzos de Abelardo porque desistiera de aquella decisión. Pasadas las nueve lunas, de aquel tiempo oscuro, que en muchos casos todavía permanece, Eloísa dio a luz un niño al que le puso por nombre Astrolabio, como recordatorio al instrumento que los medievales usaban para mirar el curso regular de las estrellas. ¿Será que el amor siempre levanta los ojos hacia el cielo? ¡No me cave duda! Astrolabio quedó al cuidado de una madre sustituta, pues Eloísa temía por él, la venganza de su tío y tomó los hábitos. De tanto en tanto, Abelardo pasaba a visitarla por el claustro. Cuando Astrolabio fue un adolescente, su padre lo llevo junto a Eloísa, convertido en hidalgo caballero. Eloísa y Abelardo se amaron durante cuarenta años. Esto es algo que las ensangrentadas manos de los traidores no pudieron calcular. Y es que los amores imposibles son los únicos que pasan a la historia. Aún separados los cuerpos, esos seres transitarán la memoria de la humanidad eternamente para ser guía y modelo de muchos. Pedro Abelardo nació en Le Pallet, condado de Nantes - Francia en el 1079 (+ 1142). Estudió en París bajo el magisterio de Guillermo de Champeaux. Las controversias conceptuales con su maestro lo llevaron a fundar su propia escuela en Melun, la que luego fue trasladada a Corbeil. Como tantos otros que se atrevieron a pensar y a amar lo que no debían, no encontró en esta tierra el favor de sus contemporáneos y quizás por eso, sólo por eso, pasó a la historia. Fue condenado dos veces por sus tesis en los concilios de Soissons en el 1121 y en Sens en 1140. Más allá del dato histórico que el lector puede consultar en detalle en el texto de É. Gilson , hoy quisimos referirnos a la leyenda que fue, como toda leyenda que se precie de tal, una historia de amor imposibilitado por la mezquindad de los hombres de su época. La que, a causa de su evocación por parte del pueblo de Francia, llevó a construir el monumento a los enamorados. Anualmente, este monumento, recibe la visita de muchos otros amantes. En nuestras latitudes, el acto conmemorativo se realiza todos los 14 de febrero. ¡Qué suerte que todas las naciones tengan su día de San Valentín! ¡Qué tristeza que, frente al amor de otros, los hombres actúen llevados por la envidia y los celos, ante los que tienen la gracia! Amar a otro ser humano, sin duda es un don que no podrá conocer nunca aquel que sólo puede sentirlo como un merecimiento asimilable a la propiedad privada. Como en la historia de Macbeth, el que así lo considere siempre tendrá que matar a algún otro para conservar su poder. Como en ella, siempre habrá otra ronda de brujas a las cuales consultar y otros “trabajillos” por hacer, sin que se caiga en la cuenta que en el mismo instante en el que el mal vence plenamente al bien, se destruye a sí mismo, consumiéndose en la fuerza a la cual, hasta el momento, debía su existencia. Acerca de "Por detrás de las palabras" Cuando escribí el relato homónimo, incluido como el tercer cuento de La casa de los espejos, pensaba en los verdaderos Abelardo y Eloísa y en el problema de los Universales que durante siglos se planteó la filosofía acerca de la naturaleza de la las palabras y su posibilidad de designar cosas. Fundamentalmente hay cuatro posturas al respecto que van desde el idealismo de Platón hasta el nominalismo extremo. Para el platonismo las palabras son consustanciales a las cosas, dado que las cosas son copia de la Idea primera. Dicho en otros términos, el concepto es anterior a la cosa, y es porque existe el concepto, despojado de todos los atributos que puedan encontrarse en él en tanto plasmado, que la cosa existe. Una de las preguntas de carácter filosófico que podemos hacernos siguiendo esta línea argumentativa es, ¿qué es lo que me permite reconocer y diferenciar, cuando digo, por ejemplo árbol, la igualdad (de concepto) en la diferencia de atributo, cuando observo un pino y un ciprés? Esto es, ¿qué es lo que me permite afirmar que los dos son árboles? Platón diría que esto se debe a que el concepto precede a la cosa y que esta es sólo un ejemplo material de la Idea y como el “alma” es parte de ese Mundo Ideal, cuando encarna en un ser particular, trae consigo el concepto de todas las cosas que puede observar en el Mundo Material, como si este último fuera un reflejo degradado (sometido a generación y corrupción) de aquel otro, Inmutable, Eterno y Perfecto. Fue en el Medio Evo cuando este problema de los Universales (Mundo de las Ideas de Platón), por un efecto sincrético con el cristianismo, se actualiza y se convierte en uno de los temas de discusión predilectos de los filósofos (sobre todo los lógicos) de la época, entre los cuales se encontraba Abelardo. Con el reingreso del corpus aristotélico a Europa de la mano de los árabes, la interpretación de lo que representan las palabras tomo un rumbo menos ideal, aunque no por eso se resolvió el problema del sentido y su referencia. Aunque parezca ocioso, esta discusión ha llegado hasta nuestros días, en los aportes de Fregue, B. Russel, Wittgenstein y Pirce, entre otros, quienes continuaron con un debate filosófico, de profundas consecuencias gnoseológicas, éticas, lógicas y metafísicas, que carga ya más de dos mil trescientos años. En las antípodas del pensamiento platónico encontramos hoy las escuelas de los analistas del lenguaje, cuyo representante más conspicuo fue Wittgenstein, enroladas bajo el título genérico de “nominalistas extremos”. Para ellos las palabras no son sólo meras convenciones humanas para designar cosas, sino que este pensamiento llega a afirmar que, las palabras son “flactus vocis”, es decir, sólo sonidos emitidos por las cuerdas vocales al pasar de cierto modo el aire a través de ellas. Para esta línea argumentativa, toda otra explicación es pura metafísica, o sea, pura especulación incomprobable. Tal aseveración tiene alcances epistemológicos graves, dado que muchos de los postulados sobre los que está construida la ciencia pasarían a ser sólo especulaciones sin asidero. Pero, no vamos a entrar aquí en esta discusión, sólo quería proveer un marco para la lectura del artículo sobre Abelardo y Eloísa, que apareció en marzo de 1998 en el Fascículo Literario Prueba de Galera y tener el pretexto de darles a conocer el cuento III de La casa de los espejos. Sólo acotaré a modo catártico, más que filosófico, que hay palabras que no designan cosas y no por ello son menos reales. El diccionario contiene más de ellas que de las formalmente analizables por los lógicos. El lenguaje expresa mucho más que una designación de sentido a una referencia material. Por detrás de las palabras (Cuento III de La casa de los Espejos) En aquella mañana, se despertó con la misma sensación de no poder, de tantos otros días. Fisgó por entre las cobijas al reloj de manos sobre la mesa de luz. Las ocho de una mañana más. No quiso saber nada de tener que levantarse; de asumir obligaciones; de intentarlo de nuevo. ¿Para qué? ¿Es que acaso ella alguna vez comprendería? ¿No había hecho todo lo posible por tratar de darse a entender? Y sin embargo, ¿qué? Sólo el silencio. Sólo ese dejarse estar. Un transcurrir ilusorio que nos impone pensar que el otro nos quiere, y tanto, que huelgan las palabras. Pero sabía que no; que amar sin esperanzas, tan sólo anclado a esa vana fantasía era de locos. Si ella sintiera lo que él se lo diría, porque el amor es un escándalo. ¿Cómo se podría fingir el desapego? “No me ama”, concluyó y se olvidó de los dislates de su mejor amigo, quien, noches antes lo conminara a ser un poco más explícito. ¿Más explícito o más expuesto? ¡De ninguna manera! Se reiría de él, como todos, como siempre. Se burlaría de su amor y su congoja; de sus esfuerzos y desvelos; de su pasada ya de moda manera de pensar y de sentir; de sus gastados valores de lealtad y respeto a los amigos. ¿Qué sabía ella de éso? Demasiados años y experiencias separaban sus mundos. ¿Cómo había podido equivocarse tanto? Creerla diferente, única, tan sólo porque tenía aquella sensibilidad para la música. ¡Absurdo! No entendería la poesía, o lo que es peor, quizás la entendiera y no le gustara. Tal vez la aburriera su magnánima forma de justificar hasta lo injustificable. Ese decir metafórico en el que todo cabe vía la interpretación; que nunca dice nada más ni nada menos que lo que el otro, al leer, quiere que diga. Acaso, a estas alturas, ya estuviera fastidiada de su cortedad. Los jóvenes de hoy eran tan diferentes, tan directos, cómo podría competir con ellos un mustio caballero, que sigue pensando que hacer el amor con alguien, no es un lugar del que se parte sino un espacio al que se llega. Lo sublime de uno, construido y encarnado en el otro en una danza única. Tal vez fuera de piedra, una estatua de mármol, una esfinge muda ante la cual, por no tener las agallas o no parecer más desquiciado de lo que ya se pretende, uno no se atreve a arrancarse los ojos. Un “toc” “toc” en la puerta lo sacó del letargo espurio de aquella idea recurrente. La dueña de la pensión, con su voz de matrona, volvió a recordarle la hora entreabriendo el cerrojo. “¡Ya estoy despierto!”, casi vociferó. En tanto, la mujer se alejaba por el pasillo refunfuñando: “Para qué me pedirá que lo despierte si después se enoja”. Se cubrió hasta la coronilla. De pronto se lo ocurrió que si ella no captaba su manera, en realidad nadie la captaba. ¿Qué pensarían de él, entonces, los demás? ¿Y si en realidad fuera imposible comunicarse? ¡Ay! Entonces, ella no sería culpable, porque todos adoleceríamos de la misma distorsión discursiva. Quizás uno cree que el otro entiende qué dice uno, cuando dice, por ejemplo, ‘taza’, pero ¿se entenderá la palabra o sólo nos haremos cargo de una convención? Tendría que poner más atención a estos detalles, puesto que cuando uno habla, además de referirse a objetos también hace mención de conceptos. Ese sí que es un problema, porque no es tan sencillo acceder al significado de un concepto a través de una simple convención. “¡No!”, dijo, dando un salto que lo sacó de la cama. “No voy a matar en mi interior a alguien que podría ser inocente. ¿Y si el amor fuera un malentendido entre los sexos? ¡Entre cualquiera de los sexos!” Utilizaría el método cartesiano: comenzaría a dudar de todo; analizaría hasta lo más evidente. Trataría de desentrañar hasta las últimas consecuencias qué es lo que designan las palabras: ¿son abstracciones o son cosas? No es tan fácil la cuestión, porque si son abstracciones, ¿describen la esencia de las cosas por ellas nominadas? Y si no las describen ¿cómo es que podemos entender todos lo mismo cuando hablamos? Salvo que las palabras mismas fueran cosas. “Claro”, se respondió, “la palabra escrita, las letras son cosas, pero ¿de qué naturaleza? ¡Grave asunto! Por otro lado, ¿cómo es posible que una simple cosa designe una sustancia? Es decir, ¿cómo puede ser que algo cósico, en cierto modo abstracto cuando hablamos, designe la esencia de las cosas, siendo ella misma una cosa?” Creyendo estar en posesión de alguna clave, partió hacia el trabajo. Al llegar, observó que Eloísa lo miraba con cierto desconsuelo: - El jefe no ha parado de preguntar por ti desde hace más de una hora. Amenazó con pedirte un traslado si seguís llegando tarde. - advirtió ella. - Eloísa, ¿qué es un traslado? - Sabes perfectamente lo que es. No me asustes, por favor. - No es mi intención incomodarte, pero ¿qué queremos decir cuando pronunciamos ‘traslado’? - ¿Qué te pasa Abelardo? ¿Qué es lo que te está provocando esto? - No te asustes, sólo estoy comprobando los alcances de un descubrimiento revolucionario en el mundo de las comunicaciones. - Eloísa lo observaba perpleja - El ejemplo de antes quizás sea un poco confuso, pero escucha este otro: ¿Tomarías un café conmigo a la salida? - Sí, claro. - ¿Sí, claro? ¡No! - acotó Abelardo impaciente - ¿Qué piensas que quise decir? - ¡Eso! ¿Qué más? - Y si tu gustaras de mi, ¿qué hubieras entendido? - Posiblemente hubiera pensado que estabas tratando de... ¿Qué significa todo esto? - Ten un poco de paciencia. ¿Qué es lo que te permite darte cuenta de la diferencia entre una propuesta y la otra? - ¡Qué se yo! La forma, el contexto... No sé. - Y si yo estuviera interesado en ti y tu no te dieras cuenta, ¿qué crees que pensaría? - Bueno, supongo que eso pasa todo el tiempo. Habría que aclarar el malentendido o... - ¿O qué? - Hay gente que no dice nada. Prefiere callar para no exponer al otro a la realidad del rechazo. El se tomó la cabeza y comenzó a llorar. - ¡Es eso! - gritaba en tanto pegaba puñetazos sobre el escritorio. - ¿Qué dije? Por favor, me angustias. - ¡Es imposible! No hay forma de saber qué es lo que en verdad quiere el otro a través de sus palabras. ¿Te das cuenta? - No. No me doy cuenta adónde quieres llegar. - Quiero llegar al Amor y sólo consigo enajenación. Lo triste es que no me pasa sólo a mí. Le pasa a todo este puñetero mundo. ¿Puedes entender que pude o podría haber estado frente a la persona de mi vida tomando café y no haberme dado cuenta? O ella podría o pudo no haberse dado cuenta, o peor, pudo querer engañarme por compasión. Consentir en querer estar conmigo por puro y torpe samaritanismo. - No entiendo nada, Abelardo. ¿Qué es lo que realmente te pasa? - Yo tampoco entiendo nada. ¡Nadie entiende! - dijo señalándola amenazador con su dedo índice- ¿Y sabes por qué? - No.- contestó Eloísa al borde de las lágrimas. - Porque el Amor... - se interrumpió Abelardo para tomar aliento - El Amor, no es una cosa. |